Los nuevos caminos del cine peruano (Gabriel Quispe)



Representando a la Apreci, Gabriel Quispe formó parte del Grupo de Trabajo encargado de elaborar el anteproyecto de la nueva Ley del Cine y el Audiovisual para el cine nacional. En el siguiente artículo, publicado originalmente en
Diario 16, expone algunos de los aportes que recoge el documento.

En el 2012, el Ministerio de Cultura hizo cumplir por primera vez la Ley 26370, destinando al cine su presupuesto completo, 7 millones 265 mil nuevos soles. Ahora acaba de publicar el nuevo proyecto de ley que, durante tres meses, elaboró un Grupo de Trabajo integrado por representantes de la comunidad cinematográfica y funcionarios del portafolio, estando previsto que el Ejecutivo, previa evaluación, lo haga suyo y lo envíe próximamente al Congreso.

La propuesta busca generar un salto cualitativo en la dinámica del cine nacional, una especie de antes y después que multiplicará significativamente sus fondos, lo que permitirá incrementar y diversificar el apoyo a la producción, y construir el sistema básico que toda cinematografía necesita para su desarrollo sostenible en todo el país.

Sus ejes centrales son la creación del Organismo Nacional del Audiovisual y la Cinematografía (PERUCINE), y el Fondo para el Fomento, Promoción, Preservación y Desarrollo de la Cinematografía Nacional. PERUCINE viene a reemplazar, con mayor envergadura, al extinto Conacine, un Consejo Nacional disuelto repentina y unilateralmente por el gobierno aprista en sus postrimerías, a mediados del 2011.

A su vez, el Fondo se nutrirá principalmente del impuesto municipal al espectáculo cinematográfico, equivalente al 10% de la entrada, que actualmente representa más de S/. 22 millones y que pasará directamente a la administración de PERUCINE. Entre las numerosas funciones que podrán realizarse en esta nueva etapa, destacan primordialmente las de la Cinemateca Nacional, que preservará el patrimonio cinematográfico como parte indispensable de nuestro acervo cultural, y la Comisión Fílmica, que promoverá el territorio nacional como locación de producciones internacionales, dos entidades que otros países de América Latina y el mundo crearon hace muchos años con grandes frutos en la conservación de su memoria audiovisual, y en inversión y generación de puestos de trabajo, respectivamente.

Por citar algunos ejemplos, en Nueva Zelandia se filmó la saga de El señor de los anillos, en Chile la entrega de James Bond Quantum of Solace, y México recibe muchos rodajes de Hollywood. Este verano, la selva peruana fue locación de Elefante blanco, cinta argentina de Pablo Trapero que se estrenará probablemente en mayo en el Festival de Cannes. Su equipo de producción tenía como antecedente el rodaje en varias zonas del Perú, incluida la selva, de Diarios de motocicleta  (2004), el retrato del joven Che Guevara del brasileño Walter Salles. Con la labor constante de una Comisión Fílmica, los rodajes foráneos serían mucho más frecuentes y provechosos para nuestro país.

Estos son solo algunos trazos de lo que el cine peruano logrará si se aprueba este proyecto, que toma lo mejor de las legislaciones de todo el mundo, en especial de las latinoamericanas.

Foto: DICINE (Dirección de Industrias Culturales del Ministerio de Cultura)

Tres miradas sobre el FIACID


Leny Fernández, Gabriel Quispe y Raúl Ortiz-Mory integraron el jurado del premio Apreci del Festival Iberoamericano de Cine Digital - FIACID, que finalmente decidieron otorgar a la guatemalteca Las marimbas del infierno. En el siguiente especial,  comentan algunas de las cintas que compitieron o que vieron de las muestras paralelas en el reciente festival limeño.

El cine de Iván Fund  (Leny Fernández)

Explicar el cúmulo de sensaciones que transmite el cine de Iván Fund, no resulta tan sencillo como parecen haber sido filmadas esas imágenes que entremezclan frescura y melancolía. Por supuesto, ese “parecen” solo puede ser una impresión engañosa,  ya que pocas cosas pueden resultar más difíciles que captar la hondura de situaciones que aparentan ser mínimas, que no requieren de enrevesados parlamentos o de frases entonadas con gravedad. ¿Cómo se logra eso solo con una cámara? ¿Cómo Fund consigue “los momentos”, esos que tal vez solo pueden estar formados por leves gestos en medio del silencio?

Estas preguntas no están de más cuando vemos en pantalla a personajes que desde la ficción se filtran en la realidad confundiéndose con otros sí existentes - personas con problemas y dilemas verídicos- para torcer el guión que había sido trazado. Un guión que dada la delgada línea entre documental y ficción, alcanza infinitas posibilidades ante lo inesperado. Así sucede en Los labios (2010) -la segunda película de Fund, dirigida junto a Santiago Loza- en que el producto de la interacción entre las actrices que fungen de asistentas sociales y los pobladores de las provincias que visitan, siempre está cubierta por la expectación, por no saber qué drama cotidiano hallaremos tras las puertas de esa Argentina rural. La cámara toma primeros planos de esos rostros y nos hace parte de su sincero pesar por una batalla que sienten estar perdiendo. Es la lucha por el futuro en un mundo que los aplasta, que se engulle sus preocupaciones y las transforma en estadísticas que solo cuentan en el papel.

Ciertamente, esa tristeza que irradia algunas secuencias de su cine, no descarta la frescura que mencionamos en las primeras líneas. Las situaciones y diálogos van mutando de acuerdo a las emociones repentinas, según el derrotero de las acciones, sin la aprensión de plegarse a las líneas. La vida discurre simple y cercana, por lo que la alegría se presenta genuina en esos estallidos que nos trasladan ahí mismo, ya sea a una prueba de vestidos en un taller de costura o a un bar pleno de risas y melodías cantadas a capella. La cotidianidad también se filtra con sus silencios, que colaboran en nuestro intento por desentrañar la consciencia de aquellos protagonistas que no lo cuentan todo. Fund captura instantes de existencia, sin conclusiones al estilo convencional. En Hoy no tuve miedo (2011), lleva esa premisa más lejos, mostrándonos a los actores fuera de los personajes que acompañamos en sus 60 minutos iniciales; y a otros más que adivinamos reales, siendo ellos mismos en reuniones de un equipo de filmación y los bailes de madrugada.

Podemos decir entonces, que no hay verdaderos finales en el cine de Iván Fund, pues sus historias continúan allá afuera, por más que se enciendan las luces y se abandone la sala. Sus personajes -esos anónimos que se suelen perder entre la masa-, siguen con sus existencias mínimas en algún rincón de Entre Ríos, y, sobre todo, permanecen en nuestra memoria, vitales desde su sensibilidad.


Construyendo retratos (Gabriel Quispe Medina)

En el Festival Iberoamericano de Cine Digital, organizado en Lima en febrero de 2012, me interesaron especialmente dos documentales peruanos, de distinta temática y factura: Choleando, de Roberto De La Puente, y Lima Bruja. Retratos de la música criolla, de Rafael Polar, y una entrañable película argentina que también juega con el afán de “documentar”, El ambulante, de Eduardo De La Serna, Lucas Marcheggiano y Adriana Yurcovich.

Choleando es un análisis que se pretende exhaustivo de una de las taras de la sociedad peruana: el racismo. Pasa revista a una serie de episodios, aprovechando entre otros unas declaraciones insólitas del ex presidente Alan García, sobre la tristeza congénita de los peruanos, dadas durante su segundo gobierno. De La Puente busca contraponerlas a la mirada fresca de dos jóvenes protagonistas que conducen el relato, le hablan a la cámara, recogen testimonios de diversos personajes, como artistas, periodistas, analistas e investigadores en general, que disertan sobre la complejidad de la práctica discriminatoria que ocurre en el país. Hay buenos pasajes y el tema se desarrolla prometedoramente, pero el documental cae en la redundancia, se hace muy largo y termina pareciendo una obra de laboratorio, es decir excesivamente dependiente del tema, lo que afecta su resultado expresivo.

En cambio, Lima Bruja. Retratos de la música criolla es, como su nombre lo indica, una incursión reveladora en el mundo de la tradición cultural que, básicamente desde inicios del siglo XX, ha formado parte indispensable de la identidad limeña y peruana, conservando ídolos, lenguajes, leyendas y procedimientos de raigambre popular. Polar explora en los viejos barrios criollos y encuentra a una gama de exquisitos cultores de perfil bajo, que han convivido con personajes más célebres, compañeros al fin y al cabo, pero que han estado ajenos a la fama del espectáculo profesional. El director se toma su tiempo para hallarlos, presentarlos y aproximarse a sus recuerdos y talentos incólumes, hasta que el público se pregunta cómo es que tanta virtud y tanta pasión artísticas han pasado ocultas para las multitudes en el transcurso del tiempo. Es un bello documental que descubre una Lima que, a pesar de todo, no se ha ido.

Por su parte, El ambulante muestra a un viejo cineasta de la vida real, Daniel Burmeister, cuya filmografía está nutrida de alegres expediciones al interior de pueblos alejados de la Argentina. De La Serna, Marcheggiano y Yurcovich logran acompañar con naturalidad y bonhomía documental al filmmaker artesanal que regresa a la aldea donde ya había hecho antaño una película que todos recuerdan con gratitud. Burmeister, que delante de cámaras, conversador e hiperactivo, aporta un timing notable a la narración, emprende rodajes sencillos, dotados de escasa logística, sencillez argumental y emotiva interpretación y co-realización de los lugareños que lo reciben con los brazos abiertos. El trío de jóvenes realizadores se mimetiza con él, en una puesta en escena que parece disfrutar a cada paso de la espontaneidad y la captura de los detalles. A partir del artificio más transparente, queda la imagen del cine como articulador de lazos comunitarios, y vehículo de memoria colectiva.

El ambulante: estampa de un cineasta artesanal  (Raúl Ortiz-Mory)

Daniel Burmeister es un cineasta poco convencional. Recorre con su Dodge destartalado los pueblos del interior de la Argentina con la finalidad de rodar películas donde los actores son los mismos habitantes de las comunidades a las que llega. Hace de director, camarógrafo, montajista y hasta de actor. Un todoterreno que a sus 67 años solo piensa en seguir filmando de la manera más independiente posible: con franciscanas subvenciones, tecnología rudimentaria y actores improvisados. Su pasión por el cine es lo único que tiene.

El ambulante es un documental que narra la vida de Burmeister en paralelo con la realización de una de sus peculiares películas. Una delicia de los directores argentinos Eduardo de la Serna, Lucas Marcheggiano y Adriana Yurcovich, que ha sido galardonada en festivales de América y de Europa.

Daniel Burmeister no es Ed Wood, aunque muchas veces su figura es comparada con la del director americano considerado el peor realizador de la historia del cine. Burmeister es más genuino, no tiene aires de grandeza y es un convencido de que sus películas están llenas de fallas, pero no le importa. Toma cinco guiones de su propia autoría y los ejecuta por los pueblos de Córdoba, La Pampa y Buenos Aires, llegando a tener un éxito singular. Es decir, repite sus películas con actores distintos, todos del pueblo al que llega y, una vez terminado el producto, organiza tres funciones para que los mismos habitantes se vean: un registro del pueblo interactuando y divirtiéndose; nada que ver con una estampa histórica o solemne. Los orígenes puros del cine: divertir y no aburrir.

El ambulante es la parábola de un peregrino que se deja llevar por la pasión. Es la muestra del individuo con ideales de libertad. Es la fuerza de un hombre que, a pesar de la adversidad, no se sienta a esperar, resuelve con buen humor y de forma práctica cualquier problema. De la Serna, Marcheggiano y Yurcovich dibujan un retrato emotivo y sincero, sin ánimos de heroicidad, que empuja al espectador a ponerse en los zapatos del protagonista y pensar que la voluntad es más grande que los deseos.

Los directores posaron sus miradas en un hombre que parecía desvariar cuando proponía a las autoridades del pueblo al que arribaba para hacer una película a costo de alimentación y de un lugar para dormir. El documental comienza con dicha propuesta y muestra el trabajo de filmación, montaje y el estreno de Matemos al tío. Los directores eligen la mejor, y creo que única, manera de contar esta historia: seguir a Burmeister en la grabación de su filme de comedia que dura un mes, salpicando datos biográficos contados por él mismo.

El ambulante tiene un aire épico y hasta de western. Es el outsider que llega a un pueblo y solo se marcha una vez cumplida su misión. Es el eje transformador de una colectividad que nunca hubiese pensado ser parte de un proyecto artístico. La empatía del director con los pobladores es uno de los puntos más representativo del documental. Quizá la fuerza emotiva que corre en los 84 minutos no sería tal si la personalidad de Burmeister no rebozara de carisma. Escenas como avisarle a cualquiera que se le cruza por la calle para que forme parte del elenco porque “en algún lugar del corazón todos tenemos espíritu de artista”, o cuando dirige una de una boda en medio de risas y ocurrencias, son ejemplos de naturalidad.

La magia del cine no solo se circunscribe a Hollywood, los festivales europeos, las citas independientes o el cine de autor. La fantasía de la pantalla grande tiene como pilares a hombres como Burmeister, apasionados, infrenables y comprometidos, y también a documentalistas como de la Serna, Marcheggiano y Yurcovich, que apostaron por la historia de uno de los más entrañables personajes de la historia del cine latinoamericano.

Los nuevos viejos ideólogos liberales (Juan José Beteta)

Un artículo publicado por el Sr. Alfredo Bullard sobre la “intelectualidad anticapitalista” en el diario El Comercio, empieza criticando a los críticos de cine, los que condenarían películas por ser “comerciales” y, en consecuencia, no tendrían “calidad artística”. En cambio, filmes que para el público masivo  son “bodrios”, esos mismos críticos los elevan “a los altares de la cinematografía universal”. Y su conclusión es que calificar a una película como “comercial” es una “frase anticapitalista”.

En realidad, Bullard recurre a un lugar común para sacar una conclusión totalmente jalada de los pelos; y lo hace por un desconocimiento total del rol de la crítica, los intelectuales y artistas en cualquier sociedad. Empezando porque los críticos de cine comentan las películas a partir de sus valores cinematográficos intrínsecos, y no porque sean o no comerciales (léase, taquilleras). Por tanto, en muchos casos coincidimos en alabar cintas completamente comerciales (en lo personal, prefiero llamarlas “convencionales”) que están muy bien hechas; en otros casos, excepcionales, alabamos obras innovadoras y/o provocadoras en términos artísticos, las que en muchos casos no son aceptadas inicialmente por un público masivo. Sin embargo, esos filmes “experimentales” -cuando son buenos- terminan marcando tendencias e influenciando de diversas formas a la producción industrial de obras comerciales, exitosas o no. Esto es parte sustancial del proceso de la historia del arte.

Por tanto, hay buenas y malas películas comerciales, así como buenas y malas películas de pretensiones vanguardistas. Las que son buenas comercialmente, sostienen al resto de la producción industrial, mientras que las que son innovadoras en términos del lenguaje audiovisual, renuevan y enriquecen al conjunto del arte cinematográfico (independientemente de que sean comerciales o no, ya que también hay obras innovadoras y taquilleras a la vez: 2001 Odisea del Espacio fue una cinta taquillera que nadie nunca “entendió” del todo, ni entonces ni incluso ahora).

Para llegar a estas conclusiones los críticos nos fijamos en asuntos tales como los componentes del lenguaje audiovisual (encuadre, angulaciones, fotografía, iluminación, música, ruidos, silencio, montaje, escenografía, dirección artística, etc., y de sus variables e infinitas combinaciones), en su dramaturgia (guión), en la calidad de la actuación, en las relaciones con la tradición cinematográfica y referencias que pudieran existir con el mundo (social, cultural o personal), así como otros asuntos que una película específica proponga. En suma, en su puesta en escena.

Cada película es un mundo y la analizamos según los patrones arriba mencionados, destacando lo que encontremos en cada caso para dar una opinión; pero también -en lo personal- esforzándonos para que el propio espectador desarrolle su propio sentido crítico. Los cinéfilos revisarán las opiniones de distintos críticos y obtendrán una visión más completa de una obra determinada que les haya interesado.  Como vemos, nuestra labor va mucho más allá de fijarnos si la película en cuestión es comercial o “anticapitalista”. Ello porque nuestro objeto de análisis -las películas- son productos artísticos que van (mucho) más allá de los lugares comunes y los estrechos clichés ideológicos que nos obsequia el Sr. Bullard.

Su desconocimiento de la labor de la crítica se origina en un desconocimiento aún mayor: el del rol del intelectual y del artista en cualquier sociedad, y en cómo se mide su éxito. La función de los intelectuales, en la mayoría de casos, es la de ser críticos de los problemas sociales y humanos que aquejan a sus sociedades e incluso al mundo en la época en la cual viven. Y ese es una de los factores de su legado y su vigencia; el otro son sus aportes al desarrollo o innovación de sus disciplinas artísticas específicas, las que son estudiadas por la academia.

Vargas Llosa dice en su ensayo sobre Arguedas que la función de la literatura es mostrar y no demostrar (La utopía arcaica, México: FCE, 1996; p. 23), y la riqueza y variedad artística y humana de tal mostración es la medida de su éxito. Esto no tiene nada que ver con que si sus obras son optimistas o pesimistas, capitalistas o anticapitalistas, pues el arte excede de lejos estos criterios; o, en todo caso, los incluye dentro de una totalidad mayor. Según Daniel Barenboim, las obras de arte recrean el mundo y algunas, el universo.

El Sr. Bullard dice que su artículo está inspirado en “la reciente discusión pública de si Vallejo o Ribeyro son un lastre a la cultura del éxito“. Donde Vallejo y Ribeyro serían los intelectuales opositores la “cultura del éxito” (léase, el capitalismo). Nuestro autor parece no percatarse que tanto Ribeyro como Vallejo fueron y son exitosos. En el caso de este último ¿qué puede ser más exitoso que pongan su rostro en los billetes de la moneda de su país? ¿Qué puede ser más exitoso que Google, uno de los más rentables y exitosos negocios en Internet, ponga la imagen del poeta peruano en su portada, celebrando su aniversario? No hay, pues, tal relación entre ser un intelectual “anticapitalista” y ser opuesto al éxito. Al contrario, el anticapitalismo (según la interpretación de Bullard) parece ser bastante exitoso. Al punto que él mismo lo reconoce cuando, citando a Nozick, afirma que “A los intelectuales no les va mal económicamente. Sus ingresos,. están muy por encima del promedio de la población”. Son, por tanto, modelos de éxito profesional.

Lo que seguramente perturba un poco al comentarista es que se pueda tener éxito vendiendo el “pesimismo” de autores cuyos personajes son “perdedores”. La crítica sería a esos enfoques en el contenido de obras específicas de ambos escritores. Un caso paradigmático podría ser también Mario Vargas Llosa, cuyas obras principales rebosan de personajes trágicamente perdedores, marginales y cuya última novela, por ejemplo, actualiza el tema del colonialismo y la esclavitud, asuntos definitivamente pesimistas (o sea, “anticapitalistas”). Y a ese. ¡le dan el premio Nobel de Literatura!

Naturalmente, estas son lecturas restringidas y limitadas de todos estos autores, reduccionismo que tiene como base la ideología. El solo hecho de que problemáticas personales, sociales o históricas -como las cuestionadas- sean recreadas mediante el uso de técnicas artísticas, constituye un llamado de atención emocional, reflexivo y hasta intuitivo sobre su existencia; y, además, un llamado a resolverlas. Esto no es una promoción del pesimismo. Si estas realidades no existieran y fueran obra de la pura imaginación de algún deprimido genio en su torre de marfil, ciertamente no tendrían el impacto que tienen o que se les atribuye (negativamente) por parte de nuestros nuevos ideólogos del optimismo y el éxito. Y el tema de la “recreación” también es clave, ya que explica las complejas motivaciones, muchas veces contradictorias y equívocas, que guían el comportamiento humano. En ese sentido, la mostración comprehensiva y totalizadora de la compleja experiencia humana, está en las antípodas de la ideología, muchas veces simplificadora y limitada; por eso parece a estos ideólogos un “pesimismo” que debe extirparse.

Recordemos, por otro lado, que quienes más han exigido “optimismo” a la intelectualidad han sido los regímenes dictatoriales que tanto detesta el club liberal: los comunistas. La colectivización forzosa estalinista, el “gran salto hacia adelante” y revolución cultural maoístas, fueron celebrados manu militari por escritores, compositores y cineastas súper optimistas. Los que buscaron encubrir auténticos genocidios que llevaron a la muerte a millones de personas y animales. Los intelectuales nazis no se quedaron atrás en su “optimista” celebración del holocausto. Ambos exigían a sus artistas obras “sencillas”, que el pueblo “pudiera entender”, como -según el Sr. Bullard- lo hacen las películas “comerciales”, que ilustran “la cultura del éxito” propia del capitalismo. En ambos casos, estos sanos consejos estaban guiados por esos lugares comunes e ideas sencillas y claras, propias de ideologías que se pretenden universales y únicas; pero políticamente autoritarias.

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Violeta se fue a los cielos (Natalia Ames)

 

Durante un viaje reciente a Chile, tuve la oportunidad de ver la película Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, la cual ha recorrido distintos festivales obteniendo premios como el galardón a mejor película internacional en Sundance.

La narrativa de la película no sigue una cronología lineal, sino que más bien salta entre las etapas de la vida de la cantante Violeta Parra, alternando recreaciones de entrevistas con momentos íntimos de su vida familiar y presentaciones musicales en diversos escenarios. Destaca especialmente la interpretación de la actriz protagónica, Francisca Gavilán, quien brinda un retrato complejo con aristas que van desde el ímpetu creativo y la calidez humana hasta la perturbación psicológica.

Es importante señalar que la película estuvo rodeada de polémica desde los inicios de su producción, pues Wood se basa en el libro homónimo autobiográfico de Ángel Parra, hijo de la artista. La controversia se debió a la visión que este libro muestra de Violeta, visión con la que muchos (incluyendo otros miembros de la familia Parra) no están de acuerdo. Como en todo biopic, la Violeta resultante es una versión del personaje real: se crea un mundo ficticio basado en los acontecimientos de su vida pero retratado desde el punto de vista de un director que construye una personalidad densa, constantemente al borde de los límites y las contradicciones, pero siempre verosímil.

Tita Parra podrá quejarse (como lo hizo a través de una carta en la que expresó sus discrepancias con la película) de la Violeta sucia y descuidada que vemos en la película, como si estos detalles fueran faltas de respeto u ofensas a la verdad; pero la Violeta de Wood es un personaje cinematográfico, una creación a partir de un retrato parcial, un acercamiento personal a un mito amado por un país. El director, afortunadamente, se aleja de la idealización o la representación acartonada para brindarnos un ambicioso y emotivo film.

Cineteca Nacional

Un comentario aparte merece la visita a la Cineteca Nacional de Chile, lugar donde se proyectó la película en un ciclo especial de cine chileno de 2011. Un espacio concebido durante el gobierno de Ricardo Lagos, la Cineteca es una iniciativa de administración mixta - pública y privada - que actualmente pasa por un momento deslucido y poco creativo a nivel de programación y actividades. Una pena, pues la institución y las instalaciones tienen muchas potencialidades que se podrían aprovechar para cultivar el gusto cinematográfico de los santiaguinos y preservar el patrimonio fílmico de la nación.

Necesidad de una memoria del cine (Ernesto Carlín)

Es curioso cómo países distintos y distantes pueden tener necesidades similares en el campo de la cultura. Hace un mes, durante un viaje de trabajo que realicé a Taiwán, tuve la oportunidad de visitar las oficinas de Chinese Taipei Film Archive. Esta institución, como su nombre lo indica, se encarga de preservar y difundir el material fílmico de este país asiático. El acervo de Chinese Taipei Film Archive sirve para llevar a cabo ciclos de proyección de películas, no sólo en las salas locales, sino además fuera de sus fronteras. Me comentaban las funcionarias que me atendieron que principalmente llevan sus cintas a otras plazas de países asiáticos, pero también a otros continentes. Sin embargo, una de las principales tareas que vienen emprendiendo es la restauración de filmes antiguos y su posterior digitalización.

Comentaba esta experiencia viajera, porque  al revisar los adelantos que circulan sobre la propuesta de ley de cine del Ministerio de Cultura, uno de los acápites que me llamó gratamente la atención es el referido a la conservación de nuestro material fílmico. Por lo que he entendido, se va a impulsar la creación de una cinemateca nacional donde se conserve nuestra memoria fílmica. Esta idea, expresada en varias normas legales anteriores, aún no se ha plasmado a pesar de las intenciones, y  sería de sumo interés que se dé.

Recuerdo de la conversación que tuve con las funcionarias asiáticas que les pregunté cómo seleccionaban el material a restaurar y digitalizar, y me aseguraron que se fijaban antes que cualquier consideración política o ideológica, en la calidad artística del filme. Sin embargo, comentaron que la meta era tener en buenas condiciones todo su patrimonio - una cantidad de rollos impresionante que datan los más antiguos desde los años en que Japón dominaba la isla. La idea detrás es que no se pierda este material y que cineastas, críticos y demás gente de cine de Taiwán pueda conocer su tradición.

Intuyo que parecida motivación tiene ahora la propuesta de ley. Haciendo memoria, en mis años de colegio y universidad, época en que me empecé a zambullir en el gusto por ver cine, no tuve mucha oportunidad de ver la producción nacional. Mi menú de filmes locales se reducía casi sólo a las cintas recientes y los cortometrajes que pasaban obligatoriamente antes de cada largometraje en las salas comerciales hasta principios de los 90. A Armando Robles lo pude ver algo después de esa época, por ejemplo.

Si se llega a concretar esta iniciativa, será un gran paso que ayudaría a nuevas generaciones de cinéfilos a conocer nuestro pasado visual. Recuerdo, de una comisión periodística de hace unos años, haber podido apreciar la proyección de unos noticieros peruanos para cine de los años 40. Ese material que ahora está desperdigado en varias instituciones, podría, de concretarse la idea, estar centralizado en un solo lugar, facilitando su estudio. Pero además, esta proyectada cinemateca, servirá para que las cintas sigan cumpliendo, así pasen varios años de su estreno, el objetivo para el que fueron creadas: ser vistas.

Ernesto Carlín publicó otro artículo de su visita al Chinese Taipei Film Archive en el diario El Peruano.

“Las marimbas del infierno” ganó el premio APRECI del FIACID 2012

La Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica premió anoche a la película guatemalteca “Las marimbas del infierno” de Julio Hernández Cordón, como la mejor cinta del primer Festival Iberoamericano de Cine Digital - FIACID 2012, encuentro que del 16 al 26 de febrero se realizó en nuestra capital.

El jurado de la APRECI, integrado por Leny Fernández, Raúl Ortiz-Mory y Gabriel Quispe, eligió a este filme sobre otras 15 producciones de América Latina y España en competencia, grabadas en formato digital y que constituyen las primeras o segundas obras de sus respectivos realizadores.

Coproducido por Guatemala, Francia y México, y con distinciones en los festivales de Morelia, Valdivia, Miami y Toulouse, el filme premiado es el segundo largometraje de Hernández Cordón, de 36 años, que incursiona en la escena de su país con su ópera prima “Gasolina”, premio especial del Jurado en el BAFICI 2009.

En “Las marimbas del infierno”, el director fusiona el instrumento tradicional de Guatemala con el heavy metal, y de paso explora la realidad difícil y casi sin salida del país centroamericano, a través de la historia de tres singulares antihéroes de la calle.

El anuncio y la premiación de los ganadores del FIACID se realizó anoche en la sala Armando Robles Godoy del Museo de la Nación, sede central de este novel certamen fílmico organizado por la Municipalidad de Lima, el Museo de Arte de Lima - MALI, el Centro Cultural de España, y el Ministerio de Cultura, con el auspicio de la firma Sony.

Raúl Ortiz-Mory y Leny Fernández hacen entrega del premio APRECI a la mejor película del FIACID 2012 a “Las marimbas del infierno”  (Foto Miguel Chumpén)

Otros galardones

El premio a mejor película del FIACID, otorgado por el jurado oficial que conformaron el argentino Iván Fund, el peruano Rafael Arévalo y el chileno José Luis Torres Leiva, fue un empate entre las cintas “Los abuelos”, de Carla Valencia Dávila (Ecuador) y “Efectos especiales”, de Bernardo Quensey (Chile). Ambos directores recibieron cada uno 1,500 dólares y un trofeo. Además, se otorgó una mención especial a “Las marimbas del infierno”.

Por su parte, el público que asistió  a las funciones eligió como mejor película al documental peruano “Lima Bruja. retratos de la música criolla”, de Rafael Polar, quien recibió mil dólares y un trofeo.

Sony Handycam otorgó el premio de mejor película peruana a otro filme nacional: “Saicomanía”, de Héctor Chávez. La misma empresa brindó también el premio a mejor documental a “El ambulante”, de Eduardo de la Serna, Lucas Marcheggiano y Adriana Yurcovich (Argentina). La empresa entregó una cámara modelo DCR-CX130 a los realizadores premiados.

En sus distintas secciones, la primera edición del FIACID, que según sus organizadores convocó alrededor de 4,000 espectadores en las salas del Museo de la Nación, MALI y Centro Cultural de España, presentó un total de 36 películas latinoamericanas y de España, incluyendo tres muestras dedicadas a directores latinoamericanos, y una de cine regional peruano, además de conversatorios y un taller de realización.

Lean una entrevista en Cinencuentro con el realizador Julio Hernández, sobre “Las marimbas del infierno”. También una crítica a la película por Sebastián Pimentel en el blog Dias de una cámara.